miércoles, 19 de mayo de 2010

Habla de lo que sabes, de Geney Beltrán Félix

El más reciente libro de Geney Beltrán Félix lleva por nombre Habla de lo que sabes, elocuente frase con distintas acepciones, que puede tratarse de un reto directo para el lector o de una confesión que el autor nos comparte, haciendo gala de su talento narrativo del cual esta publicación es muestra inequívoca, en la que remueve y llega a trastornarnos: ¿tal vez por sentirnos aludidos?

Las debilidades a las que nuestro esquema social nos ha expuesto son el pretexto para la descripción que, en distintos escenarios, edades, épocas y contextos, nos hace Geney acerca de la personalidad de ese nuevo individuo que vive sin pertenecer y que actúa por la inercia de una vida que le han vendido como la correcta. Este individuo se frustra y llega a destruir los límites, al sentirse incapaz de conseguir aquello que le han vendido como la idea de éxito, viviendo sin saber para qué ni hacia dónde dirigirse, con la única certeza de nunca tener su destino en las manos.

Ese nuevo individuo que, atrapado en una ciudad, se siente ajeno y cuya presencia se expande cada vez más es, en cada una de las distintas historias, el protagonista que nos introduce a las entrañas de una realidad cruda a la que no siempre hacemos caso y de la cual tal vez somos actores. Las historias nos presentan, en un sentido pleno, el llamado arte literario, del cual el escritor debe conocer y dominar la estética de las letras, tomando como única finalidad la de tratar de dibujar, con palabras, aquello que sabe y que, sobre todo, necesita decir.

Es digna de reconocer la valentía del autor que se atreve a confesar desde el título de la obra, su pertenencia a los temas tratados, tal vez no como protagonista directo, sino como testigo de una época que nos pertenece y de la cual la mayoría de los coetáneos preferimos sentirnos simples e indiferentes espectadores.

Por lo anterior, durante la lectura y ante lo incisivo de las historias, me atrevo a preguntar: ¿qué derecho tiene Beltrán a desvelar, con sus potentes historias, algunos de los secretos mejor guardados de sus lectores?, ¿qué se cree Geney para atraernos a una realidad que muchos hemos preferido evadir?

Precisamente esa evasión, el sentimiento falso de abstracción ante lo que nos lastima y exige ser expulsado, es el semillero de las debilidades de los personajes de cada una de las diez historias. Es también eso lo que nos hace correr en medio de la devastación de un terremoto, absortos ante las necesidades ajenas de una sociedad que nos ha marcado y de la que nos alejamos para seguirnos preguntarnos individualmente si hemos tomado las mejores decisiones.

Beltrán no pudo ejemplificar mejor la desolación del ser humano que ha sido tragado por las ciudades. La soledad es cobijada por la apatía del individuo que ha dejado de pertenecer a cualquier lado y que vive soñando con cosas por las que no está dispuesto a luchar, cansado por estar perdido entre la inmensidad de los lugares y la gente.

Ese mundo de extraños -en el que incluso nuestros familiares y amigos pierden sus rostros y se sumergen en el anonimato, anexándose a las vidas de los demás, no siempre por decisión, sino por imposición del destino aquí representado por doña Rufina- parece decirnos a cada instante: “Sé que eres comprensivo, hazles espacio… No seas grosero”.

La ciudad es entonces la verdadera celda, una metáfora kafkiana para quienes nos hemos sentido perdidos en un lugar incierto, ajeno y lejano en donde nada es homogéneo y todo es posiblemente absurdo. Lugares en donde la desesperanza nos genera ensoñaciones de un mundo perfecto creado en nuestra mente y al que finalmente terminamos renunciando por el imponente temor de sentirnos responsables de nosotros mismos.

Si antes la ociosidad fue madre de los vicios, ahora la indiferencia es la mejor maestra de la delincuencia y la violencia; nos hemos blindado de ella como única forma de sobrevivir, sin responsabilidad ante el desolado mundo que heredamos, y que día a día es presentado sin escrúpulos en las noticias, cine, libros.

La nueva moda de representar la cultura de la violencia mexicana, cargada de un excesivo e innecesario aire crudo y vulgar que trata de mostrar a nuestra época con palabras vacías que sólo consiguen acostumbrarnos fríamente a lo que debíamos condenar, me hace sentir defraudada: lucho en mi cabeza por aclarar que ese exceso de realidad está por encima de la estética, y de ninguna manera representa nuestras vidas.

Ésa es una de las grandes diferencias entre la literatura que pretende sacar provecho de la triste situación de nuestros tiempos, y la literatura real como la de Beltrán Félix, quien no puede ocultar su imperiosa necesidad de exorcizar, mediante las letras, aquello que lo preocupa y lo agobia, dejando en cada una de sus líneas una parte de sí mismo y permitiendo al lector, apropiarse de sus experiencias.

El triunfo de la estética literaria tradicional de Geney, ante la exposición mediática de personajes que lucran con nuestra problemática social, es la mayor sorpresa que el lector tiene ante Habla de lo que sabes, porque cuando podíamos pensar que habíamos perdido la sensibilidad ante la crueldad de lo cotidiano, llega Beltrán Félix para hablarnos de aquello que él sabe y que no es ajeno para nosotros; aquello que conoce tan bien que hace imposible para el lector mostrarse indiferente, removiendo la conciencia que muchos preferimos guardar.

Los temas que se presentan son irrefutablemente los mismos que vemos, leemos y escuchamos a diario: la diferencia está en que, acostumbrados a la frialdad de los noticieros, es imposible desestimar la revalorización y reflexión que de ellos hace nuestro autor.

Escribir bien no sólo incumbe a la estética, ni sólo al interés. Quien olvida uno de estos elementos por anteponer al otro cae irremediablemente en una farsa que hace a su escrito vacío y falso, insultando la inteligencia de los lectores, de quienes se presupone la incapacidad de diferenciar aquello que se escribe como una auténtica e inmediata necesidad de expresarlo o de quienes lo hacen por la necesidad de vender.

Vuelvo a plantear la pregunta de hace unas líneas: ¿tiene derecho Beltrán a sacudir la conciencia de quienes caemos en la apatía? Mi respuesta tras leer su libro es indudablemente que sí, tiene ese derecho ganado de hablar de lo que sabe, sea bueno o malo: la reacción es sólo la prueba de la maestría con la que escribe. Si los relatos son desgarradores y sobrecogedoramente brillantes, es gracias a la labor del escritor, quien cumple su promesa inicial dejando un texto digno de estudio como parte de la nueva narrativa mexicana.

Los escritores deben sentir aquello que expresan. El monstruo de la ciudad y su impacto en el individuo fueron en este caso aquello urgente que Beltrán nos cuenta y que es evidente que atormenta su alma, haciendo impostergable para el lector completar el ciclo y aceptar finalmente que nosotros lo entendemos, porque también lo sabemos, quizá no de la misma forma pero seguimos siendo Sara o los hijos de ella, perpetuando esquemas, esperando con pasividad la llegada de un Humberto que haga por nosotros lo que tratamos de evadir, simplemente callando… [Geney Beltrán Félix, Habla de lo que sabes, México, Jus, 2010].

jueves, 23 de julio de 2009

Pensamientos encontrados

Miles de cosas cruzan ahora por mi mente; el estrés de saber que en Tepic tenemos una hora menos que en México o Oaxaca, el hecho de haber pasado mi examen profesional y no recordar en realidad cómo sucedió, Maha y sus playas para mujeres en Líbano, Tepic y las playas, pensar en qué diablos pasará en mi vida; haber terminado "Niebla" en apenas una tarde y seguirme atormentando con que son las 3:05 de la mañana y quiero una chela, un cigarro y por supuesto leer o seguir escribiendo...ya habrá tiempo para todo eso sin sentir que estoy soñando, estoy segura de que ya habrá tiempo...espero en Dios que lo haya.

viernes, 3 de julio de 2009

¿What can i say?

¿What can i say?... supongo que muchas cosas. Alguna vez pensé que en algunos casos tal vez no valía la pena decir algo, pero ahora pienso que es estúpido, al final lo único que vale la pena es lo que tenemos que decir o lo que pensamos acerca de algo. No es momento pues de decirlo todo. Hay veces que quisiera romper el silencio y decir frente a los involucrados todo lo que me hacen sentir lo poco que valen, lo mucho que lastiman, ¿qué importa el dinero cuando lo que se pierde es la confianza?...nada en absoluto, aunque para algunos es lo único que importa.
¡Qué pobreza de alma!, qué alejados del término "ser humano", qué corta es la palabra "hipocresía"; me gustaría inventar un término que describiera el hambre de ser alguien cuando en realidad no se es NADA. Qué lástima!!! es lo que más se acerca a la definición. "Haz lo que diga, no lo que hago yo", jaja ¡estafadores!!! qué sabia es la vida que no deja pasar nada, todo lo cobra y no hay mejor justicia que la de propia mano; no me refiero a la venganza sino a la tumba que cada quien cava para sí mismo. El tiempo cobra y aunque a veces se retrase, lee bien, llega.
No puedo criticar que no entiendas las razones de quien no ambiciona ni mendiga, porque al fin y al cabo, tu naturaleza es muy diferente, y eso gracias a Dios. La vida no cobra el proporcional, es todo y ni siquiera nada, eso no podrán negarlo ¿verdad?.
Qué falta hace el dinero!!, todos lo sabemos, pero muchos tardan en darse cuenta que nunca podrán comprarse dignidad, y vivir sin ella es vivir a tu manera y esa forma de vida no se puede considerar como tal. ¿Ardida?, claro que sí!!! a nadie le gusta ver la miseria humana y menos venida de aquellos en quienes confiaste y en contra de quienes quieres.
Podría concluir ahora, pero...¿quién sabe?.

martes, 5 de mayo de 2009

Tiempo ha sin escribir...por lo menos en este mi olvidado blog. Tantas cosas por decir y tantas cosas que callar. En definitiva apoyo aquello que dijo John Lennon acerca de que "la vida es aquello que te ocurre. mientras te esfuerzas en hacer otros planes".
Algunos planes ocurren sin embargo, sólo me basta recordar lo que sucedíen mi vida el año pasado, decidida a hacer mi tesis lo cual se cristalizó hasta agosto de ese mismo año en que finalmente pude darla de alta y que me la aceptaron, por supuesto.
El escabroso tema de "la tesis", hasta ahora, después de años he comprendido el verdadero significado de eso.
Recuerdo de pequeña, cuando alguien hablaba de lo difícil de hacer una tesis y yo sólo rogaba nunca estar en ese momento. Poco a poco fue tomando la natural aversión al tema, hasta que supe que era el mejor pretexto para postergar las cosas. Sé lo que debe pensarse, si alguien lee esto, dirá "qué cinismo, declara su inmadurez al hablar de formas cómodas para postergar", y quizas no estén equivocados.
De alguna manera siempe lo he dicho, mmi madurez no es lo que el mundo esperaba, pero hasta ahora, pasados los años, es cuando me doy cuenta que no siempre las decisiones tomadas son lo más idoneo. Ahora pienso que mi urgencia por estudiar a marchas forzadas, bueno o por lo menos cursar la licenciatura a ese paso, no fue lo más correcto
Algún efecto debe tener el vivir a prisa, el mío fue un periodo de incertidumbre cuando terminé la carrera a los 20 años, edad en la que debía estar haciendo cosas de esos años alternadas con la escuela, vivir lo que todos viven y les generan recuerdos toda la vida.
No me quejo de mi vida estudiantil, fue sin duda una manera rápida, pero de igual forma viví al mismo ritmo, encontrando pues a los 20 años mi primer trabajo, responsabilidades que asumi, pero que me hicieron vivir aún más a prisa. La titulación era lo único que me hacía recordar que aún no era del todo responsable y no del todo una adulta. Por eso decidí hacer tesis, era la opción más temible y más creíble ante quienes presionaban de dar el gran paso, de culminar mi obra jajaja como si hubiera sido un Miguel Ángel antes de terminar la capilla sixtina.
Nunca lo he tomado así, la licenciatura es un paso más, pero el primer compromiso serio, por ello decidí hacer un trabajo digno del tiempo postergado y fue así como me enfrasqué desde el 1 de agosto del 2008 en mi trabajo.
Bueno debo decir, que me enfrasqué en buscar bibliografía, tomemos en cuenta que necesitaba conocer mi tema, y del que elegí, no sabía nada, fue un albur y gané, me enamoré de mi tema.
A partir de esntonces desarrollaré mi punto. La premisa se refiere a que la dififultad de una tesis no radica hasta cierto punto en lo que se escribe o investiga, sino a lo que el mismo trabajo representa. En mi caso, la justificación de cuatro años de evadirlo, el correspoder de alguna forma a todos los que me habían presionado con tan buenas intenciones y que me extendieron la mano cuando más lo necesité.
Además de una manera casi inconciente, apelé a aquello que siempre ha sido una obsesión en mí, mi pasado y anclado a ello, mis abuelitos.( Perdonden si me refiero a ellos en diminutivo, pero me suena muy golpeado decirles abuelos). Desde pequeña, mi madre forjó en mí una especie de adoración hacia ambas figuras masculinas, de la rama paterna y materna que no tuve el gusto de conocer, pero que siempre han estado en mi vida. No sólo eran ideas de mi madre que los quiso tanto, a ambos, conforme crecí, encontré gente (en plural) que los recordaban de una forma tan hermosa, que no me cabe duda de que fueron seres extraordinarios.
En fin, hablar de ellos merece otra entrada por lo menos, así que regreso al punto. Para mí, la tesis fue una forma inconciente de acercarme a ellos. Explico lo anterior, mi abuelo paterno llamado Alfonso Ramírez Martínez, fue un odontólogo nacido en 1900, en Oaxaca; no podría precisar el lugar pero no es tan relevante al saber que muy joven se fue a México a estudiar.
Tampoco puedo precisar el lugar pero en algún lado aprendió a pintar. Los cuadros de su autoría, que mi familia conserva, siempre me han causado embeleso porque en verdad, son extraordinarios. La cosa es que alternó su profesión con su pasión por el arte. Además de su humanidad y que no he encontrado una mala anecdota suya, debo decir de él que fue un ser extraordinario, que al casarse con mi abuelita, se fue a vivir al pueblo de ella Zacualtipán de Ángeles, en Hidalgo en donde formaron una familia de tres hijos.
Mi abuelito por rama materna, el Profesor Carlos Cruz Rosales, fue autóctono de Zacualtipán y se dedicó por completo a la labor educativa, muchas veces en zonas rurales de difícil acceso sin mermar esto en su entusiasmo o mejor dicho, en su amor por la educación. Él formó una familia grande en cantidad, a la que siempre cuidó y por la que nunca escatimó desvelos y amor.
Digamos que ambos tuvieron una pasión y la respetaron siguiendo sus propias convicciones, el destino me llevó a que como tema de tesis eligiera uno que de una forma los invoolucraba a ambos. La educación a través del arte; debo confesar que a pesar de que nunca he podido dibujar nada, ni siquiera hacer una línea digna de respeto, el arte es para mí algo digno de admiración, y aunque actualmente imparto clases, nunca me equipararía con la labor de mi ancestro.
En todo caso, el tema era para mí una forma de acercarme a ellos y conocerlos de la única forma posible, más allá de lo que me cuentan, conociendo sus épocas y contextos. Aún no presento examen de mi tesis, pero para mí ya vale más que un título.
El caso es que el destino me apresuró a su conocimiento. Así pues, conociendo sobre ellos o sobre la tesis, me la pasé cinco meses, hasta que me di cuenta que tenía solo uno para entregar el trabajo...uppps.
La cuestión es que con el miedo de no lograrlo, en los primeros días de enero, comencé a redactar todo aquello que había leído y quizas sólo con su ayuda, terminé mi trabajo en las fechas establecidas.
La cuestión es que esa tesis ya no es solo el requisito, sino mi labor. Hablaba en un principio acerca de los planes no establecidos y así ha sido, en cuanto a trámites, debo decir que sólo me falta pagar y llevar las impresiones y etc, etc.
pero se me ha atravesado la influenza...
Actualmente vivo en Oaxaca, mi escuela y trámites están en el estado de México...ahora me es imposible viajar y todo se ha retrasado, pero espero el momento en que pueda tener fecha para el examen más importante, en el que no sólo hablaré de de un trabajo largo y dedicado, sino que hablaré con el corazón de cosas que con el corazón también, hubiera deseado escuchar de los labios que nunca vi abrirse ni escuché una palabra, de los labios de mis abuelitos, que desde donde estén, estoy segura que querrán decirme que estoy en lo correcto, y que están conmigo.
Por ello ya no temo a la tesis, ahora anhelo el momento de hacerlo y decirles que viven no a través de mí, sino conmigo y que son lo más inspirador de mi vida.