¿What can i say?... supongo que muchas cosas. Alguna vez pensé que en algunos casos tal vez no valía la pena decir algo, pero ahora pienso que es estúpido, al final lo único que vale la pena es lo que tenemos que decir o lo que pensamos acerca de algo. No es momento pues de decirlo todo. Hay veces que quisiera romper el silencio y decir frente a los involucrados todo lo que me hacen sentir lo poco que valen, lo mucho que lastiman, ¿qué importa el dinero cuando lo que se pierde es la confianza?...nada en absoluto, aunque para algunos es lo único que importa.
¡Qué pobreza de alma!, qué alejados del término "ser humano", qué corta es la palabra "hipocresía"; me gustaría inventar un término que describiera el hambre de ser alguien cuando en realidad no se es NADA. Qué lástima!!! es lo que más se acerca a la definición. "Haz lo que diga, no lo que hago yo", jaja ¡estafadores!!! qué sabia es la vida que no deja pasar nada, todo lo cobra y no hay mejor justicia que la de propia mano; no me refiero a la venganza sino a la tumba que cada quien cava para sí mismo. El tiempo cobra y aunque a veces se retrase, lee bien, llega.
No puedo criticar que no entiendas las razones de quien no ambiciona ni mendiga, porque al fin y al cabo, tu naturaleza es muy diferente, y eso gracias a Dios. La vida no cobra el proporcional, es todo y ni siquiera nada, eso no podrán negarlo ¿verdad?.
Qué falta hace el dinero!!, todos lo sabemos, pero muchos tardan en darse cuenta que nunca podrán comprarse dignidad, y vivir sin ella es vivir a tu manera y esa forma de vida no se puede considerar como tal. ¿Ardida?, claro que sí!!! a nadie le gusta ver la miseria humana y menos venida de aquellos en quienes confiaste y en contra de quienes quieres.
Podría concluir ahora, pero...¿quién sabe?.
viernes, 3 de julio de 2009
martes, 5 de mayo de 2009
Tiempo ha sin escribir...por lo menos en este mi olvidado blog. Tantas cosas por decir y tantas cosas que callar. En definitiva apoyo aquello que dijo John Lennon acerca de que "la vida es aquello que te ocurre. mientras te esfuerzas en hacer otros planes".
Algunos planes ocurren sin embargo, sólo me basta recordar lo que sucedíen mi vida el año pasado, decidida a hacer mi tesis lo cual se cristalizó hasta agosto de ese mismo año en que finalmente pude darla de alta y que me la aceptaron, por supuesto.
El escabroso tema de "la tesis", hasta ahora, después de años he comprendido el verdadero significado de eso.
Recuerdo de pequeña, cuando alguien hablaba de lo difícil de hacer una tesis y yo sólo rogaba nunca estar en ese momento. Poco a poco fue tomando la natural aversión al tema, hasta que supe que era el mejor pretexto para postergar las cosas. Sé lo que debe pensarse, si alguien lee esto, dirá "qué cinismo, declara su inmadurez al hablar de formas cómodas para postergar", y quizas no estén equivocados.
De alguna manera siempe lo he dicho, mmi madurez no es lo que el mundo esperaba, pero hasta ahora, pasados los años, es cuando me doy cuenta que no siempre las decisiones tomadas son lo más idoneo. Ahora pienso que mi urgencia por estudiar a marchas forzadas, bueno o por lo menos cursar la licenciatura a ese paso, no fue lo más correcto
Algún efecto debe tener el vivir a prisa, el mío fue un periodo de incertidumbre cuando terminé la carrera a los 20 años, edad en la que debía estar haciendo cosas de esos años alternadas con la escuela, vivir lo que todos viven y les generan recuerdos toda la vida.
No me quejo de mi vida estudiantil, fue sin duda una manera rápida, pero de igual forma viví al mismo ritmo, encontrando pues a los 20 años mi primer trabajo, responsabilidades que asumi, pero que me hicieron vivir aún más a prisa. La titulación era lo único que me hacía recordar que aún no era del todo responsable y no del todo una adulta. Por eso decidí hacer tesis, era la opción más temible y más creíble ante quienes presionaban de dar el gran paso, de culminar mi obra jajaja como si hubiera sido un Miguel Ángel antes de terminar la capilla sixtina.
Nunca lo he tomado así, la licenciatura es un paso más, pero el primer compromiso serio, por ello decidí hacer un trabajo digno del tiempo postergado y fue así como me enfrasqué desde el 1 de agosto del 2008 en mi trabajo.
Bueno debo decir, que me enfrasqué en buscar bibliografía, tomemos en cuenta que necesitaba conocer mi tema, y del que elegí, no sabía nada, fue un albur y gané, me enamoré de mi tema.
A partir de esntonces desarrollaré mi punto. La premisa se refiere a que la dififultad de una tesis no radica hasta cierto punto en lo que se escribe o investiga, sino a lo que el mismo trabajo representa. En mi caso, la justificación de cuatro años de evadirlo, el correspoder de alguna forma a todos los que me habían presionado con tan buenas intenciones y que me extendieron la mano cuando más lo necesité.
Además de una manera casi inconciente, apelé a aquello que siempre ha sido una obsesión en mí, mi pasado y anclado a ello, mis abuelitos.( Perdonden si me refiero a ellos en diminutivo, pero me suena muy golpeado decirles abuelos). Desde pequeña, mi madre forjó en mí una especie de adoración hacia ambas figuras masculinas, de la rama paterna y materna que no tuve el gusto de conocer, pero que siempre han estado en mi vida. No sólo eran ideas de mi madre que los quiso tanto, a ambos, conforme crecí, encontré gente (en plural) que los recordaban de una forma tan hermosa, que no me cabe duda de que fueron seres extraordinarios.
En fin, hablar de ellos merece otra entrada por lo menos, así que regreso al punto. Para mí, la tesis fue una forma inconciente de acercarme a ellos. Explico lo anterior, mi abuelo paterno llamado Alfonso Ramírez Martínez, fue un odontólogo nacido en 1900, en Oaxaca; no podría precisar el lugar pero no es tan relevante al saber que muy joven se fue a México a estudiar.
Tampoco puedo precisar el lugar pero en algún lado aprendió a pintar. Los cuadros de su autoría, que mi familia conserva, siempre me han causado embeleso porque en verdad, son extraordinarios. La cosa es que alternó su profesión con su pasión por el arte. Además de su humanidad y que no he encontrado una mala anecdota suya, debo decir de él que fue un ser extraordinario, que al casarse con mi abuelita, se fue a vivir al pueblo de ella Zacualtipán de Ángeles, en Hidalgo en donde formaron una familia de tres hijos.
Mi abuelito por rama materna, el Profesor Carlos Cruz Rosales, fue autóctono de Zacualtipán y se dedicó por completo a la labor educativa, muchas veces en zonas rurales de difícil acceso sin mermar esto en su entusiasmo o mejor dicho, en su amor por la educación. Él formó una familia grande en cantidad, a la que siempre cuidó y por la que nunca escatimó desvelos y amor.
Digamos que ambos tuvieron una pasión y la respetaron siguiendo sus propias convicciones, el destino me llevó a que como tema de tesis eligiera uno que de una forma los invoolucraba a ambos. La educación a través del arte; debo confesar que a pesar de que nunca he podido dibujar nada, ni siquiera hacer una línea digna de respeto, el arte es para mí algo digno de admiración, y aunque actualmente imparto clases, nunca me equipararía con la labor de mi ancestro.
En todo caso, el tema era para mí una forma de acercarme a ellos y conocerlos de la única forma posible, más allá de lo que me cuentan, conociendo sus épocas y contextos. Aún no presento examen de mi tesis, pero para mí ya vale más que un título.
El caso es que el destino me apresuró a su conocimiento. Así pues, conociendo sobre ellos o sobre la tesis, me la pasé cinco meses, hasta que me di cuenta que tenía solo uno para entregar el trabajo...uppps.
La cuestión es que con el miedo de no lograrlo, en los primeros días de enero, comencé a redactar todo aquello que había leído y quizas sólo con su ayuda, terminé mi trabajo en las fechas establecidas.
La cuestión es que esa tesis ya no es solo el requisito, sino mi labor. Hablaba en un principio acerca de los planes no establecidos y así ha sido, en cuanto a trámites, debo decir que sólo me falta pagar y llevar las impresiones y etc, etc.
pero se me ha atravesado la influenza...
Actualmente vivo en Oaxaca, mi escuela y trámites están en el estado de México...ahora me es imposible viajar y todo se ha retrasado, pero espero el momento en que pueda tener fecha para el examen más importante, en el que no sólo hablaré de de un trabajo largo y dedicado, sino que hablaré con el corazón de cosas que con el corazón también, hubiera deseado escuchar de los labios que nunca vi abrirse ni escuché una palabra, de los labios de mis abuelitos, que desde donde estén, estoy segura que querrán decirme que estoy en lo correcto, y que están conmigo.
Por ello ya no temo a la tesis, ahora anhelo el momento de hacerlo y decirles que viven no a través de mí, sino conmigo y que son lo más inspirador de mi vida.
Algunos planes ocurren sin embargo, sólo me basta recordar lo que sucedíen mi vida el año pasado, decidida a hacer mi tesis lo cual se cristalizó hasta agosto de ese mismo año en que finalmente pude darla de alta y que me la aceptaron, por supuesto.
El escabroso tema de "la tesis", hasta ahora, después de años he comprendido el verdadero significado de eso.
Recuerdo de pequeña, cuando alguien hablaba de lo difícil de hacer una tesis y yo sólo rogaba nunca estar en ese momento. Poco a poco fue tomando la natural aversión al tema, hasta que supe que era el mejor pretexto para postergar las cosas. Sé lo que debe pensarse, si alguien lee esto, dirá "qué cinismo, declara su inmadurez al hablar de formas cómodas para postergar", y quizas no estén equivocados.
De alguna manera siempe lo he dicho, mmi madurez no es lo que el mundo esperaba, pero hasta ahora, pasados los años, es cuando me doy cuenta que no siempre las decisiones tomadas son lo más idoneo. Ahora pienso que mi urgencia por estudiar a marchas forzadas, bueno o por lo menos cursar la licenciatura a ese paso, no fue lo más correcto
Algún efecto debe tener el vivir a prisa, el mío fue un periodo de incertidumbre cuando terminé la carrera a los 20 años, edad en la que debía estar haciendo cosas de esos años alternadas con la escuela, vivir lo que todos viven y les generan recuerdos toda la vida.
No me quejo de mi vida estudiantil, fue sin duda una manera rápida, pero de igual forma viví al mismo ritmo, encontrando pues a los 20 años mi primer trabajo, responsabilidades que asumi, pero que me hicieron vivir aún más a prisa. La titulación era lo único que me hacía recordar que aún no era del todo responsable y no del todo una adulta. Por eso decidí hacer tesis, era la opción más temible y más creíble ante quienes presionaban de dar el gran paso, de culminar mi obra jajaja como si hubiera sido un Miguel Ángel antes de terminar la capilla sixtina.
Nunca lo he tomado así, la licenciatura es un paso más, pero el primer compromiso serio, por ello decidí hacer un trabajo digno del tiempo postergado y fue así como me enfrasqué desde el 1 de agosto del 2008 en mi trabajo.
Bueno debo decir, que me enfrasqué en buscar bibliografía, tomemos en cuenta que necesitaba conocer mi tema, y del que elegí, no sabía nada, fue un albur y gané, me enamoré de mi tema.
A partir de esntonces desarrollaré mi punto. La premisa se refiere a que la dififultad de una tesis no radica hasta cierto punto en lo que se escribe o investiga, sino a lo que el mismo trabajo representa. En mi caso, la justificación de cuatro años de evadirlo, el correspoder de alguna forma a todos los que me habían presionado con tan buenas intenciones y que me extendieron la mano cuando más lo necesité.
Además de una manera casi inconciente, apelé a aquello que siempre ha sido una obsesión en mí, mi pasado y anclado a ello, mis abuelitos.( Perdonden si me refiero a ellos en diminutivo, pero me suena muy golpeado decirles abuelos). Desde pequeña, mi madre forjó en mí una especie de adoración hacia ambas figuras masculinas, de la rama paterna y materna que no tuve el gusto de conocer, pero que siempre han estado en mi vida. No sólo eran ideas de mi madre que los quiso tanto, a ambos, conforme crecí, encontré gente (en plural) que los recordaban de una forma tan hermosa, que no me cabe duda de que fueron seres extraordinarios.
En fin, hablar de ellos merece otra entrada por lo menos, así que regreso al punto. Para mí, la tesis fue una forma inconciente de acercarme a ellos. Explico lo anterior, mi abuelo paterno llamado Alfonso Ramírez Martínez, fue un odontólogo nacido en 1900, en Oaxaca; no podría precisar el lugar pero no es tan relevante al saber que muy joven se fue a México a estudiar.
Tampoco puedo precisar el lugar pero en algún lado aprendió a pintar. Los cuadros de su autoría, que mi familia conserva, siempre me han causado embeleso porque en verdad, son extraordinarios. La cosa es que alternó su profesión con su pasión por el arte. Además de su humanidad y que no he encontrado una mala anecdota suya, debo decir de él que fue un ser extraordinario, que al casarse con mi abuelita, se fue a vivir al pueblo de ella Zacualtipán de Ángeles, en Hidalgo en donde formaron una familia de tres hijos.
Mi abuelito por rama materna, el Profesor Carlos Cruz Rosales, fue autóctono de Zacualtipán y se dedicó por completo a la labor educativa, muchas veces en zonas rurales de difícil acceso sin mermar esto en su entusiasmo o mejor dicho, en su amor por la educación. Él formó una familia grande en cantidad, a la que siempre cuidó y por la que nunca escatimó desvelos y amor.
Digamos que ambos tuvieron una pasión y la respetaron siguiendo sus propias convicciones, el destino me llevó a que como tema de tesis eligiera uno que de una forma los invoolucraba a ambos. La educación a través del arte; debo confesar que a pesar de que nunca he podido dibujar nada, ni siquiera hacer una línea digna de respeto, el arte es para mí algo digno de admiración, y aunque actualmente imparto clases, nunca me equipararía con la labor de mi ancestro.
En todo caso, el tema era para mí una forma de acercarme a ellos y conocerlos de la única forma posible, más allá de lo que me cuentan, conociendo sus épocas y contextos. Aún no presento examen de mi tesis, pero para mí ya vale más que un título.
El caso es que el destino me apresuró a su conocimiento. Así pues, conociendo sobre ellos o sobre la tesis, me la pasé cinco meses, hasta que me di cuenta que tenía solo uno para entregar el trabajo...uppps.
La cuestión es que con el miedo de no lograrlo, en los primeros días de enero, comencé a redactar todo aquello que había leído y quizas sólo con su ayuda, terminé mi trabajo en las fechas establecidas.
La cuestión es que esa tesis ya no es solo el requisito, sino mi labor. Hablaba en un principio acerca de los planes no establecidos y así ha sido, en cuanto a trámites, debo decir que sólo me falta pagar y llevar las impresiones y etc, etc.
pero se me ha atravesado la influenza...
Actualmente vivo en Oaxaca, mi escuela y trámites están en el estado de México...ahora me es imposible viajar y todo se ha retrasado, pero espero el momento en que pueda tener fecha para el examen más importante, en el que no sólo hablaré de de un trabajo largo y dedicado, sino que hablaré con el corazón de cosas que con el corazón también, hubiera deseado escuchar de los labios que nunca vi abrirse ni escuché una palabra, de los labios de mis abuelitos, que desde donde estén, estoy segura que querrán decirme que estoy en lo correcto, y que están conmigo.
Por ello ya no temo a la tesis, ahora anhelo el momento de hacerlo y decirles que viven no a través de mí, sino conmigo y que son lo más inspirador de mi vida.
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lunes, 20 de octubre de 2008
Miseria
La maldita memoria sentimental es la causa de nuestros peores infortunios. No debía serlo pero lo es; el mejor pretexto para continuar con una vida llena de desatinos y morales confusas que a lo largo del tiempo nos obligan a caer una y otra vez en los errores que nos habíamos jurado evitar. Es eso o quizás la memoria afectiva no haya tenido nunca tanto que ver con la inconsciente necesidad que tienen algunas personas para perpetuar la imperiosa necesidad de sentirse al borde del precipicio para poder sentirse vivas.
Ese precipicio que para algunos puede ser el cañón de una pistola, una soga tendida al cuello o simplemente el recuerdo de una vieja y aletargada pasión pueden ser los que de una vez terminen la existencia que se antoja inútil sin tener el dolor que te hace recordar que eres humano o que sean capaces de provocarlo para imprimirle cierto sentido a la existencia.
En el caso más extremo pero sencillo, la vida y la búsqueda de esa espina en el corazón, termina con una dosis de plomo en la cabeza o con una soga rompiendo tu cuello, evitando de esta manera una vida sin sentimientos profundos como el sentirse nuevamente querido o simplemente sentir que se es capaz de querer.
Pero entre todas las maneras ya mencionadas, está la más cruel, aquella que determina la naturaleza de la persona, pues no cualquiera es capaz de provocarse un infortunio con la única intención de vivir con él, y sentirse pleno al sufrirlo día con día,hablo de esa necesidad enfermiza de aventurarte al recuerdo del pasado, de eso que te dañó y te hizo tocar las entrañas mismas del infierno conocido pero del que a pesar de todo, dependes.
Para obtener ese definitivo placer basta un sencillo detonador para volver a vivir paso a paso el viacrucis del que lograste sacar completa tu alma, en miles de pedazos rota pero entera, en donde ya no importa la dignidad perdida si dentro de ti mismo te regocijas haciéndote pagar gota a gota cada una de las lágrimas derramadas, porque después de todo es terrible saber que de nada sirvió.
Es entonces cuando vuelven los recuerdos, aquellos revividos de entre escombros, cuando de pronto te percatas que hay en tu ropa ese aroma conocido y sientes como tu cuerpo sigue estando lleno también, cómo es que el fantasma del pasado se adhirió a ti para convivir en cada paso de tu vida, y lo que más lamentas es darte cuenta hasta ahora y sentir que has perdido tiempo para deleitarte con el perfume que alguna vez te hizo llenarte de ilusiones.
Te das cuenta de la mentira, nunca se ha ido y te perseguirá hasta la muerte, es constante y envolvente pero en realidad eso no te importaría del todo sino estuvieras tan necesitada de ti. A veces el sufrimiento es la única manera de dedicarnos ese espacio en el que lamerse las heridas es la prioridad más íntima y urgente.
De pronto tu mente está plagada de deseos, de regresar a aquel momento, de decir lo que tanto dolió callar, de disfrazarte de culpa y caerle encima y escupirle al rostro todo el daño causado por no haber sido honesto.
Lo peor es caer en la cuenta que sin todos esos recuerdos vagos, estarías vacío. Lo terrible es que nunca terminaremos de culpar a los demás y nunca aprenderemos a vivir con la felicidad de los que simplemente la merecen, hemos pues de sobrevivir recriminándonos por todo porque se vuelve el modo de vida de quienes no pueden sentir más que eso, de quien tiene que revivir la miseria para poder merecer el aire, de aquellos que bien a bien, nunca aprenderemos a vivir.
Ese precipicio que para algunos puede ser el cañón de una pistola, una soga tendida al cuello o simplemente el recuerdo de una vieja y aletargada pasión pueden ser los que de una vez terminen la existencia que se antoja inútil sin tener el dolor que te hace recordar que eres humano o que sean capaces de provocarlo para imprimirle cierto sentido a la existencia.
En el caso más extremo pero sencillo, la vida y la búsqueda de esa espina en el corazón, termina con una dosis de plomo en la cabeza o con una soga rompiendo tu cuello, evitando de esta manera una vida sin sentimientos profundos como el sentirse nuevamente querido o simplemente sentir que se es capaz de querer.
Pero entre todas las maneras ya mencionadas, está la más cruel, aquella que determina la naturaleza de la persona, pues no cualquiera es capaz de provocarse un infortunio con la única intención de vivir con él, y sentirse pleno al sufrirlo día con día,hablo de esa necesidad enfermiza de aventurarte al recuerdo del pasado, de eso que te dañó y te hizo tocar las entrañas mismas del infierno conocido pero del que a pesar de todo, dependes.
Para obtener ese definitivo placer basta un sencillo detonador para volver a vivir paso a paso el viacrucis del que lograste sacar completa tu alma, en miles de pedazos rota pero entera, en donde ya no importa la dignidad perdida si dentro de ti mismo te regocijas haciéndote pagar gota a gota cada una de las lágrimas derramadas, porque después de todo es terrible saber que de nada sirvió.
Es entonces cuando vuelven los recuerdos, aquellos revividos de entre escombros, cuando de pronto te percatas que hay en tu ropa ese aroma conocido y sientes como tu cuerpo sigue estando lleno también, cómo es que el fantasma del pasado se adhirió a ti para convivir en cada paso de tu vida, y lo que más lamentas es darte cuenta hasta ahora y sentir que has perdido tiempo para deleitarte con el perfume que alguna vez te hizo llenarte de ilusiones.
Te das cuenta de la mentira, nunca se ha ido y te perseguirá hasta la muerte, es constante y envolvente pero en realidad eso no te importaría del todo sino estuvieras tan necesitada de ti. A veces el sufrimiento es la única manera de dedicarnos ese espacio en el que lamerse las heridas es la prioridad más íntima y urgente.
De pronto tu mente está plagada de deseos, de regresar a aquel momento, de decir lo que tanto dolió callar, de disfrazarte de culpa y caerle encima y escupirle al rostro todo el daño causado por no haber sido honesto.
Lo peor es caer en la cuenta que sin todos esos recuerdos vagos, estarías vacío. Lo terrible es que nunca terminaremos de culpar a los demás y nunca aprenderemos a vivir con la felicidad de los que simplemente la merecen, hemos pues de sobrevivir recriminándonos por todo porque se vuelve el modo de vida de quienes no pueden sentir más que eso, de quien tiene que revivir la miseria para poder merecer el aire, de aquellos que bien a bien, nunca aprenderemos a vivir.
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martes, 16 de septiembre de 2008
TU MÁS PROFUNDA PIEL
Texto de Julio Cortazar.
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo. (*)
(*) Fuente: "Tu más profunda piel", en Ultimo round, Buenos Aires, Ed. Siglo veintiuno editores, 1969, pp.93-96.
Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.
No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.
Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.
Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.
Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo. (*)
(*) Fuente: "Tu más profunda piel", en Ultimo round, Buenos Aires, Ed. Siglo veintiuno editores, 1969, pp.93-96.
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